La medicina alopática u oficial se ha embarcado en una carrera vacunista cada vez más alocada.
Ya no se conforma con la vacuna antivariólica, que se aplica en el mundo desde 1796, sino que pretende “salvar” a la humanidad de muchas otras enfermedades, tales como la difteria, fiebre tifoidea, tuberculosis, gripe, tétanos, tos ferina, etc., etc. siempre por medio de vacunas.

Con estas últimas se pretende formar en la sangre del vacunado anticuerpos o antitoxinas específicos, es decir, substancias capaces de destruir los microbios o anular la acción de sus venenos o toxinas.

La naturaleza, entonces, al no encontrar la válvula de escape necesaria, efectúa un peligroso rodeo: frustrado el proceso agudo o febril, el único capaz de quemar o incinerar los desechos orgánicos, se inicia un proceso lento, tórpido, de descomposición orgánica, que acarrea las más tristes consecuencias. Algunos aspectos de ese proceso ya tienen la corroboración del laboratorio.

Así, el doctor Laskownicki ha comprobado que, después de la vacunación antipara tífica por ejemplo, la cantidad de colesterina de la sangre aumenta proporcionalmente al poder aglutinante del suero; sabiéndose ya, por otra parte, el papel decisivo que juega la colesterina en las génesis del cáncer. Así se explica la disminución de las enfermedades agudas y el fantástico aumento de las enfermedades crónicas y degenerativas: cáncer, diabetes, enfermedades del corazón y de las arterias, nefrosis enfermedades mentales y de la nutrición, etc., etc.

Las autoridades sanitarias, siempre las últimas en enterarse de los magnos problemas que les atañen, se limitan a expresar su asombro ante el cambio habido; la trasmutación de la enfermedad aguda en crónica. No intentan siquiera explicar el fenómeno ni sus posibles causas. ¿Para qué? Parece que eso no les compete…

Mientras tanto, la sociedad se ve cada vez más agobiada bajo el peso de los enfermos crónicos, que aumentan diariamente, y que constituyen un pesado lastre económico, biológico y social.

Muchos de ellos, en su irresponsabilidad, continúan reproduciéndose, engendrando hijos tarados física y moralmente, con lo cual contribuyen a aumentar aún más la degeneración de la especie humana.


Como se ve, demasiado alto es el precio que paga la humanidad a cambio de los ilusorios beneficios que espera de las vacunas. Pues dichas enfermedades crónicas y degenerativas matan cada año muchos más enfermos que los que podrían matar en un siglo todas las enfermedades infecciosas juntas.

Está demostrado que los pueblos salvajes, que viven lejos de la civilización y sus males (entre los cuales la vacuna, desconocen en absoluto el cáncer, la diabetes y demás enfermedades crónicas y degenerativas).

Grave como es el peligro representado por la vacuna en el orden físico, no termina ahí. Encierra aún otro peligro, pero de orden moral: deja subsistir en el pueblo la creencia errónea de que el sistema de vida que se lleva, es indiferente y ajeno al problema de la enfermedad. Según tal idea, cada uno puede vivir como se le antoje: alimentándose irracionalmente, distribuyendo mal el tiempo para el trabajo y el reposo, haciéndose esclavo de todos los vicios (alcohol, tabaco, alcaloides, juego, etc . ), etc., etc. La vacuna salvadora vendrá a absolverlos de esos pecados, echará un manto piadoso sobre todos los desvíos y errores, y los protegerá de la enfermedad. Y todas esas gangas sin hacer ningún esfuerzo ni sacrificio, bastando recibir un simple pinchazo. ¡Qué maravilla!

MAESTRO ASTREMI DRAGON SIRUSTEL